La casa en la que viví toda mi vida. Cap III

 Esta casa es extraña, por muchas razones. 
 No extraña para mí, claro; es rara la forma en la que está planteada. Eso piensa uno apenas ve las baldosas distintas en ambientes continuos donde no hay una pared que las separe. Además, y esto es algo que pienso desde chica, tiene una forma que permite dar vueltas y vueltas en círculo pasando de habitación en habitación, primero por la cocina, luego por el comedor, el estudio, una habitación, un pasillo y nuevamente la cocina, todo esto con un baño en medio. 
 Al menos así era hasta hace unas semanas, que levantamos dos paredes para subdividirla. Una en la cocina separándola del comedor y otra en el estudio, separándolo de una de las habitaciones. Es que la casa era enorme para mí sola y aunque todavía no empezó el invierno, el frío me estaba afectando. Ni hablar de mi psiquis, que es un tema aparte.
 Esta forma tan rara de la casa era divertida; con mi hermana mayor nos perseguíamos corriendo en círculos por la casa, cosa que claramente no era divertida para mi mamá. A mi papá no le interesaba mucho. Hubo un día que no lo hicimos más, porque en medio de una carrera me fui a tirar a uno de los sillones y me tropecé cayéndome directo contra la mesa ratona de algarrobo, golpeándome justo abajo del ojo. En el colegio me preguntaban si mis papás me trataban bien porque parecía que me habían pegado una piña en el ojo. La respuesta era algo cuestionable pero yo contaba que me había golpeado jugando. Hasta el día de hoy tengo esa cicatriz, pero tengo tantas que no se nota.
 Con el tiempo una de las habitaciones que formaba parte del circuito de carreras se "cerró" de manera bastante precaria, porque mi hermana era adolescente y necesitaba su privacidad. Así que ya no se podía correr en círculos. También dejó de jugar conmigo y ya no me quería cerca tanto tiempo. La entiendo. Igualmente yo entraba a escondidas y leía su diario íntimo cuando ella no estaba, un poco por curiosidad y otro poco a modo de venganza porque no quería ser mi amiga.
 Yo dormía en la habitación contigua, en una cama cucheta que compartía con mi hermana menor. Esa habitación vivió la adolescencia de tres personas distintas. Ahora la estoy remodelando porque va a ser mi habitación nuevamente. No es un proceso fácil. 
 Hace unos diez años tomé la decisión de pintar las paredes del placard con un esmalte sintético negro. Es de esos que van metidos o "empotrados" (no sé qué tienen que ver los potros con esto) en la pared. La cuestión es que sacar esa pintura no está siendo nada fácil, y de manera muy literal estoy viviendo las consecuencias de mis propios actos. 
 De más está decir que cuando lo pinté a mis 19 años, no saqué la pintura que estaba antes, por lo tanto también implica sacar las dos o tres manos más que hay abajo. Sumado a las cosas escritas y dibujadas con distintos materiales que hay entre capa y capa de pintura, porque en la adolescencia es natural esa necesidad de escribir las paredes en busca de identificarnos con nuestro espacio. 
 Si hubiera un soundtrack incluido, este capítulo estaría musicalizado por el tema "Si esas paredes hablaran (María Ojos Negros, no más)" porque... realmente: si esas paredes hablaran tendrían mucho para decir sobre las cosas que han visto, y hablo sólo por mí cuando digo que esa habitación me ha visto con el corazón roto al menos unas buenas 3 veces en términos amorosos, pero además yo todavía dormía ahí cuando murió mi abuelo y varios años después cuando murió mi papá.
 A estas alturas lo único que pido es que las paredes no empiecen a hablarme; pero en cuanto a decoración: estoy tratando de cambiar un poco el aspecto de los ambientes en pos de dejar de recordar tantas cosas de mi infancia y adolescencia.

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