La casa en la que viví toda mi vida. Cap II

    Fui a visitar a mi viejo al campo. Está laburando en un lugar que, la verdad, no sé qué es. Nos sentamos al borde de un cantero de madera, como una huerta que estaba vacía. Hablamos un rato y vi una cuchara, de metal, adentro del cantero. Todo tenía tierra por la naturaleza del lugar. Se la mostré y vimos otra, y otra, y otra. Todas de mango distinto, contamos 9 en total.

    "Qué lindo esto" pensé. "¿Por qué no vengo a verlo más seguido? O mejor, por qué no viene a verme a mí?" Ahí me di cuenta: estaba en un sueño. Este abril se cumplieron 9 años de la última vez que lo vi. O que vi lo que quedaba de él, en una cama de hospital, conectado a una máquina que le suministraba drogas para mantenerle el pulso. Una suerte de caridad de la medicina hasta que pudiéramos despedirnos.

    Yo no hablo mucho de esto porque, a medida que fui creciendo, me di cuenta de que la gente no quiere escuchar cosas tristes. A veces creo que piensan que para superar hay que evadir, como si hablar de las cosas que te tienen mal fuera a agravar la situación. Yo no funciono así. Creo que nadie, pero no puedo ir por la vida obligando a los demás a hablar de sus penas.

    El último día que lo vi, el 13 de abril de 2017, le llevé auriculares. Dicen que la gente que está en coma puede escuchar igual. Le cargué en un mp3 el discurso de Alfonsín en la vuelta de la democracia. Con mi vieja habían militado mucho en esa época, y después también, pero ese había sido un hito en la historia del país y algo que habían compartido juntos, un recuerdo que siento que atesoraban mucho los dos. También le había llevado algunos relatos de fútbol. Goles famosos de River y de la selección, de los mundiales que ganamos. Cosas que pensé que le gustaría recordar. Eso y música, claro, él siempre me había mostrado mucha música de su época como Sui Generis, Vox Dei, entre otras bandas increíbles. 

    Él fue quien alimentó esta relación que tengo con la música, para mí es un refugio donde estar triste no está mal. Lo recuerdo los domingos cantando Muchacha ojos de papel por la casa, preparándose su té con tostadas. ¿Habrá sido tan feliz como yo pensaba? 

    Ese día lloré mucho. Es curiosa la relación tan instintiva que tenemos con nuestros padres. Es curioso, también, cómo crecemos en un contexto y damos por sentado que la vida es así. La norma del día a día crea en nosotros una especie de vara con la que medimos el resto, si es que hay un resto, o hasta que conocemos al resto y cabe preguntarnos ¿por qué mi vida no fue así?

    Lloré mucho y me fui. Esa noche tenía una fiesta de electrónica, en un boliche de Palermo. Cosas que ya no hago actualmente, porque además me es imposible pisar ese lugar sin acordarme de ese día. A las 2am, mientras estaba adentro del lugar, entre la gente y apretados sin casi poder movernos me llegó un mensaje. Más bien: una llamada perdida.

    La sensación fue similar -y a la vez muy distinta- a cuando sos adolescente y estás haciendo algo que no tenés que hacer (como escaparte de tu casa para ir a algún lugar al que tus papás te prohibieron ir) y cuando mirás el celular tenés llamadas perdidas de tu mamá. Sabés que la cagaste. "Se te viene la noche" dicen acá. 

    Pero ese día era muy distinto. Yo sabía perfectamente lo que significaba esa llamada perdida. Significaba, más bien, una pérdida. Así es como tuve un ataque de pánico en un boliche lleno de chetos, llorando en un lugar donde a nadie le interesaba mi tristeza. El seguridad del lugar me quiso echar. "No podés estar acá". Yo, llorando de cuclillas en el patio del boliche, le dije: se murió mi papá.

    Siempre me pregunto si habré hecho bien en hacerle escuchar esas cosas, si se fue en paz recordando vivencias que tuvo o si de alguna manera le provoqué tanta nostalgia que ese mismo día falleció. Trato de convencerme de que es la primera opción más que la segunda, pero nunca voy a poder saberlo.

    De alguna manera me trae paz verlo en sueños. Siempre me trae mensajes, algunos más fáciles de descifrar que otros. ¿Qué carajo significan nueve cucharas? Lo malo es la sensación de despertar y saber que no puedo volver al sueño, por mucho que trate de dormir más horas de una forma muy deprimente y absurda, no puedo. 

    Como dije, despertar es la peor parte. Cae el peso de la realidad como un baldazo de agua fría. Nueve años sin mi papá. En agosto son dos años sin mi mamá. Es gracioso (quizás no tanto) cómo estas fechas te marcan tanto que siento que ya no soy esa persona. Una especie de antes y después de Cristo, como si "antes de la muerte de mi papá" o "antes de la muerte de mi mamá" fueran una medida de tiempo. Sin dudas son una referencia para mí.

    No sé si puedo poner en palabras todo lo que cambié desde que pasaron esas cosas. Tampoco es certero decir que la muerte fue lo más traumático, porque los años anteriores fueron muy dolorosos. Era mucha la urgencia por sanar que llenaba las habitaciones de esta casa que hoy se siente fría y oscura por más que prenda las luces y el horno, porque la estufa no anda. 

    Estoy tratando de arreglar este vacío que parece no llenarse con nada. 

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