La casa en la que viví toda mi vida. Cap1
Nunca pintamos las rejas. En mi recuerdo, ni una sóla vez hubo un atisbo de tal actividad. A lo sumo agregarle un pedazo de alambrado para que no se escape el perro, unas ruedas para que sea más fácil de abrir... pero con el pasar de los años la pintura blanca que a duras penas resistía fue siendo cada vez menos, dejando paso al óxido del metal.
- La casa de rejas blancas, casi llegando a la esquina - era la señal que dábamos cuando llegábamos en remis. - O, bueno, no tan blancas.
Mi madre siempre hizo énfasis en que no importa tanto cómo se ven las cosas sino cómo funcionan, o si es que funcionan. Y la reja siempre funcionó. No hacía falta pintarla.
Hoy las veo y me deprimen, me angustian. Me angustian de la forma en que a uno le angustia verse al espejo sin un corte de pelo fresco. Sigue siendo el mismo y se reconoce, se conoce y se acepta. Pero no está conforme y eso por debajo de la aceptación es una simple frustración.
Mucho tiempo me sentí como un extranjero en mi propio hogar. Éramos una familia de 5 en una casa grande, creo que el espacio alcanzaba, pero había otras cosas que no. Aunque no puedo hablar de eso porque siempre se encargaron de que no me faltara nada.
Es sólo que aveces lo material no llena.
Así como algo puede funcionar y eso no significa que haga bien.
¿Podría ser mejor?
Qué sé yo.
¿Debería esperar a que la reja se rompa? ¿A alguna catástrofe que me dé permiso a que pueda sacarla de ahí, como quien espera a que termine de romperse el cargador del celular para comprar otro?
¿Son estas costumbres poco funcionales? ¿O es que la funcionalidad está sobrevalorada?
Creo que hay un sesgo enorme, una conformidad.
O la imposibilidad de ver más allá de lo mínimo.
La reja tiene tanto óxido que cuando te apoyás sin querer, te mancha la ropa de ese naranja tan característico. Amo ese color. Es como el color del grunge.
Hasta qué punto funciona la reja gastada, oxidada y chirriante de la puerta de mi casa. Es eso lo que me pregunto. También me pregunto si es que espero del cielo alguna especie de permiso de mis papás para hacerme cargo de las cosas que ellos, consciente o inconscientemente dejaron tan para después que se terminaron muriendo antes.
Y ahí es cuando profundizo y dibujo este paralelismo de cosas que permanecen en mi vida porque "funcionan" a pesar de mancharte y hacer ruido como hace la reja gastada de la puerta de la casa en la que viví toda mi vida.
No es fácil decidir cambiar tu conformidad luego de 29 años, oponerse a las costumbres que viviste en carne propia, a esas cosas que difícilmente podían ser apuntadas sin ocasionar un conflicto.
Es que el tiempo guarda tantas cosas.